Los regresos a casa, me causan siempre un profundo desvelo sobre todo la primera noche. En la madrugada, cansado de intentar descansar, me puse a leer, en inglés pues no encontré una versión en español, un libro de George Savile y descubrí una frase que me hizo recapacitar, ese es el misterio de la lectura. Dice así:
“Nothing has an uglier look to us than reason, when it is not on our side”
La traducción más o menos sería ésta: “nada nos parece más feo que la razón, cuando no está de nuestra parte” y eso me llevó a meditar, no sé por qué, en el odio.
¿Que es lo que he odiado en mi vida? Pensé en seres miserables que he tenido que padecer y no sentí odio por ellos más bien lástima y pena. Pensé en abusadores de todo tipo y tampoco el odio apareció, un poco de desprecio sí, pero no un sentimiento de rencor agudo. Recorrí el mundo de los cobardes, los mediocres, los oportunistas, los racistas, los extremistas, los excluyentes, los embusteros y ningún otro sentimiento que no fuera la lástima inundó mi corazón. Algo tengo que odiar me pregunté. Entonces comencé a sudar copiosamente, busqué en mi pequeña terraza y comprobé que había, a las dos de la madrugada, 30 grados centígrados de temperatura, fue una revelación; lo único que he odiado en la vida y continúo haciéndolo ¡es el calor! y miren ustedes donde me tocó nacer y decidido vivir.
Amaury Pérez Vidal / 25 de Junio 2013
miércoles, 26 de junio de 2013
sábado, 22 de junio de 2013
La entrevista
La entrevista, de todos los géneros televisivos, es el más difícil, el sentido común juega un papel importante, la TV se hace para los televidentes no para establecer una conversación más propia de pasillos que de frente a las cámaras. Estoy notando que en nuestra TV se están violando sistemáticamente las reglas más elementales de la profesión. Si no tienes suficientes conocimientos sobre el sujeto a entrevistar tienes que contar con un elenco de guionistas de primera y la asesoría de un gran director. Lo otro es perder el tiempo y dejar insatisfechos a los espectadores.
He visto a conductores de programas de TV que al aire establecen un diálogo incomprensible con los técnicos del estudio o con la directora o director mientras el televidente se queda en babia y detrás se escuchan risas entre todos internamente. Lo señalo especialmente en un programa diario mañanero y en uno vespertino con igual frecuencia, pero me detendré en uno que vi anoche donde entrevistaron a una gloria deportiva nacional y universal; Javier Sotomayor. He aquí más o menos el diálogo que se suscitó entre el conductor titular y otra conductora invitada en algún momento después del insulso y reiterativo interrogatorio.
EL: Fulana ¿qué pregunta le hubieras hecho a Sotomayor que yo no le hice?
ELLA: ¡Ninguna, tú estuviste magnífico!!!!!, ¡pero sí hay una que me gustaría hacerle más no puede ser en cámara!
(ya en ese momento empecé a intrigarme por el “bombo” de la una al otro”)
EL: ¡Sí hazla! Repicó el conductor titular.
ELLA: ¡¡¡¡NOOOOO, es imposible!!!!
(Yo me decía si es imposible por qué proponer hacer la pregunta)
EL: A ver Fulana dímela al oído.
(Ella hizo el ademán de soplarle algo)
EL: ¡Ah NO, NO, NO, eso no se puede preguntar en televisión!!!!!! insístele después fuera de cámaras. (Ambos se carcajearon con malicia) Fin del insólito momento.
Este diálogo misterioso se extendió por casi dos minutos, dos minutos en televisión, para quienes no lo saben, puede resultar una eternidad con momentos como ese.
Al final nunca supimos de que iba la cosa, todo quedó entre El y Ella.
Amaury Pérez Vidal / 21 de Junio de 2013
miércoles, 19 de junio de 2013
Aprender a manejar tarde...
Como la carretera estaba despejada Peti me permitió tomar el volante y ella y Chanel (nuestro perro) ocuparon el asiento del copiloto. Aprovechando la oportunidad hinqué el pie en el acelerador y me detuvo un policía en su motocicleta (nosotros les llamamos caballitos) se acercó me pidió los documentos del carro y mi identificación, se los di y para mi sorpresa me preguntó: ¿Dígame su nombre?
A lo que rápido respondí: ¡Roso Fornés! El oficial me miró y me espetó calmado: Usted no se llama Roso Fornés, entonces le dije: ¡Perdone, estaba bromeando, estoy de buen humor, en realidad me llamo Alicio Alonso! Usted no tiene que bromear conmigo, dígame de una vez cual es su nombre porque no es ese el que aparece ni en su circulación ni en su carnet de identidad, me dijo el policía de tránsito. Continué mi juego, agarré el carnet, lo miré y agregué: ¡Mire lo que ocurre es que a mi madre le encantaba cambiarme el nombre aquí dice en efecto Amaury Pérez pero en realidad me llamo Omoro Portuondo!!!
Para aumentar mi asombro respondió: Pues mire compañero no le pondré la multa por exceso de velocidad pero dígale a su madre que cuando le cambie el nombre le saque otro carnet de identidad y una nueva circulación. Siga, agregó.
Conclusión; Casi nadie es profeta en su tierra y lo peor es que ni Rosa, Ni Alicia, ni Omara, ni Consuelito lo son, al menos, para el caballito que me pidió hoy, a la altura de Guanabo mis documentos!
AMAURY PÉREZ VIDAL / 19 DE JUNIO DE 2013
lunes, 17 de junio de 2013
Anécdota en París
Cuando me presento con músicos en los conciertos me acompaña, casi siempre, en las percusiones, un amigo entrañable que se llama Marcelo Fernández.
Marcelo es el hijo de una señora que fue mi Tata cuando niño y a quien nunca he querido olvidar. Tiene una mezcla de candor y astucia en su carácter, además de ser un bello ser humano y un gran amigo.
Nuestra primera gira juntos fue a Venezuela. Cuando arribamos al aeropuerto de la Guaira y ante la multitud de luces y tiendas Duty free de la terminal aeroportuaria en contraste con nuestra humilde y oscura terminal José Martí (hablo de la vieja terminal que hoy se utiliza solo para vuelos nacionales, no de la nueva) me preguntó azorado: Amaury ¿qué diferencia de horarios hay entre Venezuela y La Habana? Le respondí: una hora, a lo que él obnubilado agregó ¿hacia delante o hacia atrás? hacia delante fue mi rápida respuesta, él suspirando me comentó: ¡¡¡Coñooó lo que esta gente ha hecho en una hora es tremendo a nosotros nos costaría años!!!
La segunda gira juntos fue nada más y nada menos que a New York. Viajamos por Delta Airline desde México. La gerente de la compañía, al ver que mi boleto era en clase turista me dijo: Amaury, tengo dos asientos libres en primera clase, escoja usted quien quiere que lo acompañe, yo, por supuesto, dije ¡ Marcelo! Lo llamé y él me dijo ingenuamente: ¡Amaury, yo no puedo viajar en primera clase porque no sé inglés! me reí y le contesté: Qué importa mi hermanito, lo que te brinden cógelo y no tienes que decir una palabra, cualquier cosa yo te ayudo, él aceptó con sus dudas. Una vez sentados llegó hasta nosotros una bella azafata norteamericana con una bandeja, un par de vasos, una botella de Chivas Regal y una vasija con hielo, se dirigió al negro Marcelo y mirándolo con educación y profesionalismo le preguntó ¿Whiskey? Marcelo asintió con la cabeza y me sonrió complacido, ¿With ice or not ice? le señaló la azafata, el negro turbado, casi en pánico, sin darme oportunidad de responder por él, le dijo tímidamente: Bueno, señorita si not hays me trae una coca cola.
Antes de llegar al aeropuerto JFK le indiqué a todos los músicos que si en aduana les preguntaban si tenían algo que declarar dijeran que no. El negro se retrasó pasando aduana de último, y respondiendo a la pregunta de rigor aduanal escucho que dice: ¡Sí, tengo algo que declarar! temblé, ¿qué habría traído Marcelo que no me dijo nada? ¿tabacos? ¿café?... La oficial aduanera le insistió en perfecto español ¿Qué tiene que declarar? y Marcelo orgulloso le respondió: ¡Quiero declarar que la amistad entre los pueblos de Cuba y los Estados Unidos va más allá de la diferencia entre nuestros gobiernos!.. ¡¡¡pensó que le estaban haciendo una entrevista!!!
El tercer viaje fue a París. Llegamos muy temprano al Charles de Gaulle y nos condujeron al Hotel Du’ Lyon en la rue de Montparnasse. Era la hora del desayuno y solo estaban en el restaurante, además de nosotros, un afable anciano francés de esos que deciden vivir en un hotel antes de terminar en un asilo. Marcelo se sentó a su lado, el señor cortésmente le expresó: ¡Bon appétit! llevándose la diestra a la frente a lo que Marcelo, presto le manifestó, estrechándole la mano ¡¡¡Marcelo Fernández!!! Esa escena se repitió en el almuerzo y en la cena y tarde en la noche entró Marcelo a mi cuarto confundido y me apuntó: Hermano, tú que has estado aquí otras veces ¿es normal que cada vez que uno se sienta a comer los franceses te digan su nombre? Yo, muerto de risa, mezclando la carcajada con las lágrimas le aclaré: Bon appétit es lo que para nosotros es “buen provecho”. Marcelo puso cara de fastidio y ya en la puerta me afirmó: Mira a este cabrón, mañana lo agarro yo. Al otro día, a la hora del desayuno, el negro llegó antes que nadie al restaurante. Cinco minutos después arribó el anciano con el diario Le Monde en la mano, ocupó su silla y tomó un pedazo de pan, entonces Marcelo sin darle tiempo a nada le soltó sonriente, llevándose la diestra a la frente ¡Bon appétit! a lo que raudo y veloz el francés respondió estrechándole cariñoso la mano: ¡Marrrcelo Ferrrnandez!
Amaury Pérez Vidal, La Habana / 10 de enero de 2013
Una anécdota Newyorkina
Cuando vivía en Fontanar, un remedo tercermundista de Beverly Hills como lo calificó en su momento mi amigo Camilo Egaña, compartíamos, casa con casa, con una familia a quien siempre adoramos. Nuestros amiguitos de entonces, teníamos menos de diez años se llaman Richard y Jorge. Richard era contemporáneo conmigo y Jorgito con mi hermana Aimée es decir nos llevamos tres años de diferencia. Andábamos siempre juntos los cuatro.
Un terrible día nos enteramos que aquella venturosa familia había partido a los Estados Unidos. Por esa época nosotros, con ocho y cinco años no entendíamos de que trataba la ausencia, entonces no sabíamos que definitiva, de nuestros amados compañeros de juegos y descubrimientos. Con el paso de los años nos fuimos acostumbrando a que los que mas queríamos nunca regresarían y la vida siguió su curso hasta hace unas semanas.
Yo me preparaba para un íntimo concierto en el alto Manhattan y le había rogado a mi esposa que no me importunara nadie con llamadas telefónicas pues pretendía bañarme y relajarme un poco. Frente al hotel que ocupábamos habían colocado un poster de mi actuación, un poster pequeño pues las entradas no estaban a la venta ya que como dije era una actuación privada.
De repente y mientras me secaba sonó el teléfono, mi esposa contestó y me dijo: Dice que es un tal Jorgito amigo tuyo de la infancia. En un principio no lo recordé, pero como un rayo me vinieron a la mente mis dos queridos amigos de la niñez y le contesté nervioso y agitado que donde estaba. Ella me dijo que en el lobby del hotel. No lo podía creer ¿sería el mismo? ¿cuánto habría cambiado? ahora debe tener cincuenta y cinco o cincuenta y seis años, hace siglos que no nos vemos ni comunicamos, en fin mi cabeza se puso a dar vueltas mientras me vestía con la rapidez de un demente. Bajé las escaleras, mi impaciencia no me permitió esperar el ascensor.
Me lo encontré, es un hombre alto, aún de cabello negro, algo pasado de peso, pero con la misma sonrisa que creí extraviada en los recovecos de mi memoria. Nos fundimos en un largo abrazo, me dijo que siempre, desde que partieron de Cuba había vivido en New Jersey, que sus padres aún vivían, que tenían un negocio de joyería y que les iba bien. El no sabía ni que yo cantaba, me confesó que estaba por esa zona y se encontró con el poster e imaginó que aquel Amaury Pérez era el mismo de Fontanar. Como yo no disponía de mucho tiempo le pregunté por Richard su hermano. Agarró el celular, marcó su número y excitado le preguntó: ¿A que no adivinas a quien tengo en la línea? y fue entonces que me pasó el celular. Richard soy Amaurito, yo apenas podía modular la voz de lo nervioso y emocionado que estaba. Richard hizo un silencio profundo, respiró y solo acertó a decirme: ¿Te acuerdas cuando me tiraste una flecha y se me clavó si me dices donde entonces sí eres tú? en la frente le respondí. Los gritos de alegría se escucharon por todo el alto Manhattan. Conversamos de prisa sobre temas varios, mi carrera, la suya, sus padres, los míos, nuestras familias, los amigos comunes cuyos nombres aún recordaba y Fontanar nuestro planeta.
De repente me preguntó que si me había casado le dije que dos veces, el agregó, igual que yo. ¿y tienes hijos? Sí fue mi respuesta, igual que yo afirmó él ¿cuántos? Me insistió. Dos, un varón y una hembra. Coño me dijo, yo también. ¿y como se llaman? Alan y Ariana le respondí y tomando la iniciativa le pregunté ¿y a los tuyos como les pusiste? entonces el silencio se convirtió en una espada y con voz temblorosa me contestó: Los míos se llaman Amaury y Aimée. El celular se me cayó de las manos, los ojos se me cuajaron de lágrimas y salí, sin despedirme de Jorgito hacía donde me esperaba el carro que me llevaría a la actuación.
Mientras cantaba no podía dejar de pensar que esas cosas solo ocurren en New York y en que el olvido no existe si algo aún palpita en lo profundo de aquellos recuerdos que creímos perdidos. Después nos vimos pero esa es otra historia.
AMAURY PÉREZ VIDAL / 26 DE NOVIEMBRE DE 2012
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